Este es el primer capítulo de otra novela que tengo empezada ( y también sin corregir). Es totalmente distinta a la anterior puesto que relata acontecimientos que yo he vivido. Ni siquiera he cambiado los nombres de los otros personajes, en principio para aclarame al escribir, pero también como experimento. Y aquí está la cuestión. Aquí está la gran diferencia de las dos novelas en las que estoy trabajando. La primera es la cuarta de una saga que necesito escribir, que siempre he querido escribir para cerrar la serie, al menos de momento. La protagoinsta es Ana, la China, un personaje ya conocido, ya construido que vivirá una historia de intriga de una forma más personal que nunca y que la llevará a replantearse muchas de las cosas que daba por supuestas, sobre todo en sus relaciones sexuales. Es una novela que se desarrolla en un pueblo pequeño, en una aldea del norte y que tiene algunos de los ingredientes con los que siempre quise jugar, con los que me apasiona hacer una novela policíaca. Un aténtico reto de “estancia cerrada” en un lugar norteño que conozco bien .
Este otro “primer capítulo” es también otra cosa. Narra hechos que yo he vivido y lo hace en primera persona. Los personajes son también reales y el reto es de otra índole: ¿hasta dónde se puede llegar contando historias vividas sin ocultarse tras la literatura y sin renunciar a ella? ¿hasta dónde se pone en peligro la relación con otras personas, algunas aún amigas? ¿tiene alguna contraindicación ética hacer un experimento literario con esas premisas? Por otro lado, está el tema de cómo hacerlo. Cómo aplicar una determinada estructura narrativa, en este caso de novela, a lo que podría ser una biografía o cualquier otro género. En este primer capítulo, ya he sacrificado algo de la realidad (que para mi no es relevante, aunque puede que sí lo sea para alguno de los que estaban allí, o que no estaban ), pero al hacerlo he aprendido y he disfrutado mucho ya que me ha dado cuenta de que las razones son estrictamente de eficacia narrativa, notando como la literatura tomaba las riendas de la historia para dominar la realidad, sin traicionarla.
Bueno, ahí va ese prometido primer capítulo:
” Capítulo primero
Levanté la carta. Se trataba del deseado ocho de corazones. Caramba, estaba resultando ser buena en aquello. No sólo había tenido suerte la noche que conocí a Alejandro, sino que ahora se repetía; iba a ganar esa mano y la partida.
Encendí otro cigarrillo con un gesto indiferente, como si no me importara. Pero quería ganar; por alguna razón era importante para mí, a pesar de las circunstancias.
Miré a Jordi que no se había concentrado en el juego en toda la noche y presentí que no llevaba nada. Alejandro sí, y estaba segura de que también quería ganar. Para él era la demostración natural de su liderazgo. Soy el jefe y no por casualidad, decía toda su gestualidad displicente, como si estuviera en posesión de un indiscutible gen de superioridad.
Horacio, ese era su nombre de guerra, miró de nuevo las cartas.
-Las veo-me apresuré a decir.
-Paso- musitó Jordi.
-Trío de ases- dijo contundente el pope.
-Escalera-repliqué poniendo las cartas sobre la mesa.
Pero no pude saborear mi triunfo ya que justo en el momento en que mi escalera de color empezó a brillar sobre el tapete, él dio la orden de prepararse.
Era la hora, es cierto; pero el instante elegido por Alejandro para que nos pusiéramos en marcha consiguió que mi victoria pasara desapercibida. También dejó claro que yo no era importante para él o, en todo caso, no tanto como él debía serlo para mí. O puede que, simplemente, tratara de minimizar con ello su pública derrota a las cartas.
Pero eran ya las cinco treinta de la mañana y había que estar en Legazpi a las seis y media. Escondimos bajo los anoraks los panfletos que habíamos estando imprimiendo en la vietnamita esa misma noche hasta que a las tres de la madrugada decidimos matar el tiempo jugando al póquer.
Todos menos Mario, que se quedó dormido en el colchón que había en el suelo de una de las habitaciones de la casa de Jordi. Cuando le despertamos, aún tenía las manos manchadas de tinta y el mismo mal cuerpo que todos los demás”.